miércoles 20 de mayo de 2009

La cebolla confitada

Un día, no recuerdo cómo, llegó a casa un lote de productos La Cuna. Había varios, pero uno de ellos me llamó la atención: la cebolla confitada al Pedro Ximenez.
Es la mejor cebolla confitada que he probado en mi vida.

La Cuna es una empresa de Toledo que elabora de forma artesanal todo tipo de conservas que no llevan conservantes, colorantes ni aditivos. Tienen productos dulces y salados, y la selección es inmensa: aceitunas, ajos confitados, asado de pimientos, pisto, sofrito de patata y cebollla, mieles, mermeladas, infusiones, orujos... Tienen también una sección dedicada a la repostería y pastelería, con chocolate, turrón, crema de tofee, guirlache de almendra o lenguas de gato.

Por razones que no vienen al caso, esa cebolla confitada desapareció de la despensa y no volví a encontrar nunca más el precioso botecillo adornado con una etiqueta escrita a mano atada con lacre. Y lo peor de todo: no podía buscarlo porque no me acordaba de la marca ni de dónde había salido. Pero hace poco descubrí con inmensa alegría que en el fantástico Celler de la Boquería tenían una selección de estos productos, así que me compré de nuevo la cebolla confitada.
Sólo os digo una cosa: si os gusta la cebolla confitada, compradla.



La Cuna
Malpica del Tajo (Toledo)

domingo 29 de marzo de 2009

Dos palillos

Para celebrar el cumpleaños de C, ayer fuimos a cenar al Dos palillos, y la experiencia fue realmente excelente. Había oído hablar mucho de este restaurante, y siempre las críticas eran buenas, de modo que era una asignatura pendiente que requería una buena ocasión.
La entrada al Dos palillos es extraña, como si fuera un bar de tapas de los años 50 o 60, deliberadamente distinto a lo que luego te encuentras al cruzar una cortina metálica: una sala no muy grande en la que la barra rodea la cocina, de modo que se ve trabajar a los cocineros desde todos los ángulos. La decoración minimalista en negro y rojo y las vitrinas divertidas con gambas de plástico marca Cha-chá completan la descripción del espacio.



En esa sala solamente se sirve menú, y tiene que ser el mismo para ambos comensales. El menú "Un palillo" cuesta 45 euros; el menú "Dos palillos", 60. Los dos comparten platos, sólo que el menú más caro tiene más, lógicamente. Pero digamos que con el de 45 euros hay más que suficiente. Eso sí, si hay algún plato o ingrediente que no guste, se puede cambiar, y el chef, un gracioso joven japonés, propone las alternativas. En nuestro caso, cambiamos el hígado de rape por un rollito de primavera y las navajas por una tempura de chanquete, ambos deliciosos.
En total, se sirven unos 12 platos, si no recuerdo mal, en excelentes combinaciones de comida oriental con toques occidentales. Como corresponde, la presentación de los platos es preciosa, el servicio muy atento y el hecho de poder ver a los cocineros, todo un lujo.
Dejo aquí las fotos de algunos de los platos que comimos. Otro día, seguro, me pasaré por la barra de la entrada, donde se puede comer de carta, y probaré otras delicias. Por cierto, el jefe de cocina es Albert Raurich, segundo de a bordo en El Bulli, cuya mujer es japonesa.


Tomatito cherry en tempura con wasabi. Muy rico.


Empanadillas japonesas, al vapor, con gambar y panceta. Deliciosas, aunque tal vez demasiado frágiles.


Sushi. Te lo traen separado y te lo tienes que hacer tú. La ventresca de atún estaba sencillamente espectacular.


Japo burger. La carne estaba riquísima.


Suculentas verduras salteadas al wok.


Brochetas de pollo. Fue como volver a Japón.


De postre, bizcocho aéreo de almendra. Estupendo fin de fiesta.

Dos palillos
Elisabets, 9
Tel. 93 304 05 13
Abierto martes y miércoles
19:30h .. 23:30h
Jueves, viernes y sábados
13:00h .. 15:30h
19:30h .. 23:30h
Domingo y lunes cerrado

miércoles 4 de marzo de 2009

Mis buñuelos de calabaza

Confieso que uno de los postres que más me gustan son los buñuelos. Crujientes y dulces, tostaditos, rellenos de crema o de nata, o simplemente, vacíos... Los buñuelos, al menos en Barcelona, solamente se elaboran por Cuaresma, y tal vez por eso de que algo que es escaso parece que gusta más, los buñuelos son uno de los grandes inventos de la gastronomía.
Hace tres años, estuve en Valencia coincidiendo con las Fallas, y probé por primera vez los buñuelos de calabaza. Durante esa fiesta, Valencia se llena de buñuelos. Hay churrerías por doquier, de donde sale un olor a aceite frito que impregna los alrededores, y las chocolaterías se hartan de servir estos frutos de sartén, acompañados de un buen chocolate caliente. El otro día, un amigo de Valencia me dijo que había comido los primeros buñuelos de calabaza del año, y en ese instante me dije: ¿y si los hago yo? Pues dicho y hecho.
La receta de estos buñuelos es, digamos, personal. Quiere decir que yo busqué en internet algunas recetas pero luego vi que la masa no quedaba tal cual, de modo que mezclé varias recetas. Y la verdad es que me han quedado bastante buenos...
Lo primero que hay que hacer es poner la calabaza al horno. Yo utilicé un trozo de unos 450 grs. De harina, 250 grs. Media pastilla de levadura de panadero, unos 12 grs. Luego, azúcar y agua al gusto, dependiendo de lo dulces que los queráis y de la textura de la masa: si os queda seca, le echáis más agua. Finalmente, la ralladura de medio limón.


Se mezclan con las manos la pulpa de calabaza, la harina, el azúcar, la levadura y la ralladura de limón.

Una vez la pasta está hecha, tendrá una textura tal que así:



A continuación, se deja leudar entre 45 minutos y un hora. Pasado este tiempo, os quedará así:



Sólo os queda freírlos. Yo suelo utilizar un wok, porque calienta en seguida y permite ir moviendo la fritura, para que se dore uniformemente. En Valencia, los buñuelos tienen forma de rosquilla; yo lo intenté, pero la masa se me deshacía, así que opté por la forma tradicional.



Cuando los tengáis doraditos, los escurrís con papel absorbente y les echáis mucho azúcar por encima. Cuando hayan soltado el aceite, los ponéis en un bol. Y a comer.



miércoles 18 de febrero de 2009

Viblioteca

El otro día me pasé por el cine Verdi para ver "Slumdog millionaire" (muy buena, por cierto) y, al salir, fui a un nuevo restaurancillo que se llama Viblioteca. Lo llamo restaurancillo porque realmente hay cuatro mesas y una barra. Es un local muy pequeño, abierto desde hace unas seis semanas, cuyo propósito es servir copas de vino acompañadas de tapas. Tienen unas 130 referencias de todo el mundo, que sirven junto a un excelente pan con tomate, secallona, tablas de ibéricos, quesos (muy buena selección, dicho sea de paso) y algunas torradas calientes (por ejemplo, de butifarra negra con cebolla confitada y de solomillo con foie).
El local es moderno, blanco, de aires minimalistas. Lo llevan la sumiller Yolanda Villegas y Cedric Peraut y tiene pinta de convertirse en un local de moda, aunque, de momento, se les está desbordando. Un viernes por la noche, a eso de las 22'30, hay tanta gente que no dan abasto. Tal vez necesitarían alguien más que les ayudara en la preparación de los platos, todos fríos, menos las recetas calientes, que elaboran en una salamandra. Así una no estaría dos horas para cenar que, si estás sentada está bien, pero si te toca estar de pie aguantando codazos es bastante molesto. De todos modos, es un sitio muy recomendable; la selección de vinos (por botellas y por copas) está muy bien y ellos se esfuerzan para que todos sus clientes tengan lo que necesitan.

Viblioteca
Vallfogona, 12
Tel. 93 284 42 02
Abierto de 18 a 24h

No todo está perdido...



Naranjas imperiales.

Parada Jesús y Carmen. Boqueria, 579

martes 3 de febrero de 2009

De mercados y otras cosas de comer

Este fin de semana he estado en Cork, Irlanda. Era mi primera vez en el país, así que me presenté allí con toda la ilusión. La idea era ir a un concierto el sábado por la noche (aprovecho aquí para recomendaros a Ray Lamontagne y su fabulosa telonera, Priscilla Ahn) y deambular luego por las calles de la que es la segunda ciudad más importante de Irlanda después de Dublín.
En mi recorrido fue visita obligada el llamado English Market. Soy fan de los mercados, es uno de los lugares que nunca me pierdo cuando viajo. En un mercado se pueden aprender muchas cosas: se puede saber qué comen, qué diferencias y qué semejanzas hay entre unos y otros, qué costumbres tiene la gente, cuánto valen las cosas, incluso cómo las cocinan.
El English Market de Cork es un mercado pequeño, a cubierto, donde lo que más abunda son los puestos de carne. En una de las alas hay una pequeña fuente y, encima, un café bastante reputado llamado Farmgate. No está mal, el mercado, pero no es lo que me imaginaba. A lo mejor es que estoy muy bien acostumbrada...


© Donncha O Caoimh, inphotos.org

Sí que es impresionante, en cambio, el mercado londinense de Bourough. Hermanado con la Boquería, es un lugar donde perderse, donde los olores te llevan de un sitio a otro. Tengo que confesar que, a pesar de que he estado varias veces en Londres, nunca había estado en este mercado hasta que mi hermana entró a trabajar en Brindisa, una distribuidora de productos españoles, un restaurante y una tienda llena de productos apetitosos. El mercado de Bourough es un paraíso para los amantes del buen comer, sobre todo en invierno, cuando el olor de las sopas de verduras impregna los pasillos...

Otro mercado que me entusiasma es el de Estocolmo. Se llama Östermalms Saluhall y es, como el país, pulcro, ordenado y precioso. Los puestos son de madera, los escaparates, impecablemente organizados, y los cafés y restaurantes, preciosos. Allí compré uno de los deliciosos bollos de canela que tanto me gustan.

Podría seguir hablando de mercados (el del pescado en Tokio, el mercadillo callejero del Campo dei Fiori, en Florencia; el de las calles de piedra de Aix-en-Provence...), pero no quiero hacerme pesada. Otro día os hablaré de la Boquería, el que, para mí, es el mejor de todos. Aunque reconozco que no soy para nada objetiva...

English Market
Entradas por Princes Street, Patrick Street y Grand Parade
Cork, Irlanda

Bourough Market
Bourough High Street
Londres, Reino Unido
Metro London Bridge

Ostermalms Stadshall
Östermalmstorg 114
Estocolmo, Suecia

Tsukiji Market (Mercado de Tokio)
Tsukijishijō Station (Toei Ōedo Line), Tsukiji Station (Tokyo Metro Hibiya Line)
Barrio de Ginza
Tokio, Japón

jueves 15 de enero de 2009

Réquiem por la naranja imperial

Ya hacía tiempo que me lo habían dicho: la naranja imperial era una especie rara, una "naranja para los que no les gustan las naranjas", como me dijo el Eduard de Fruites Soley, en la Boquería. Pero hasta hoy no lo había constatado.
La naranja imperial ha muerto.
He preguntado en las tiendas de fruta y nada. Pensando que los pequeños agricultores tal vez no habrían sucumbido al dictado de la moda, me he acercado y les he preguntado. "Uy", me han dicho, "ya no hay naranja de ésta, nadie la pide"... Nadie menos yo, claro. Es una naranja que ha pasado de moda.
Me queda un hilo de esperanza, sin embargo. Hay una parada en el mercado de la Boquería, la Ramona, delante de los mariscos Genaro, que solía tener este tipo de naranja, dulce a más no poder, refrescante, que se vende con las hojas del árbol aún en el tallo, de un color casi más amarillo que naranja, y sin el punto de acidez de las demás naranjas. La naranja imperial es una incomprendida, un fruto despreciado porque no parece cítrico, es como una oveja negra, como el hijo bastardo que nadie quiere... pero a mí me encantaba. Ojalá a la señora Ramona le queden algunas. Porque si desaparece la naranja imperial, entonces tendremos un poquito menos de historia, igual que si desaparecen muchas otras especies de legumbres, verduras e incluso animales, como la anchoa o el atún (dios, me muero si desaparece el atún). Al final, acabaremos comiendo sólo sucedáneos, y tendremos sandía en febrero y ya nada será lo mismo...

martes 23 de diciembre de 2008

Hojaldres

En la calle Diputació, 188, hay una tiendecita búlgara que se llama Bànitsa. La he descubierto hace poco y me hecho fan de sus hojaldres y sus tartas. Las hacen de verduras con queso ricotta, de carne, de queso de cabra con espinacas, de cebolla... Las que más me gustan sin embargo, son las dulces, especialmente la de plátano con chocolate. Hay días en los que también elaboran tartas de zanahoria o de chocolate, con un toque de flan en la base. Además, sirven caramelos típicos y yogur búlgaro que, según dice mi padre, es delicioso.
La tienda huele a caramelo, a pasta filo tostada. Es sencilla, con algunas florecitas y paquetes de hierbas de colores en el mostrador. Lo lleva una chica búlgara que, con mucho mimo, envuelve las tartas y hojaldres en papel marrón. Sin adornos ni florituras: sólo un pedacito de Bulgaria para llevarnos al estómago. Si pasáis algún día por allí, no dejéis de chafardear el escaparate: seguro que acabáis comprando algo. Total, son sólo 3 euros de deliciosos dulces!

Bànitsa

Diputació, 188

jueves 23 de octubre de 2008

Kouignettes


Hace unos años pasé unas estupendas vacaciones en la Bretaña. Además de disfrutar con encantadores pueblitos, preciosas vistas e impresionantes playas y acantilados, descubrí las kouignettes.
Las kouignettes son un dulce típico de esta zona que se elabora con mantequilla y se aromatizan con sabores: chocolate, caramelo, fresa, manzana, pistacho... Son una auténtica bomba, empalagosas a más no poder... pero absolutamente deliciosas. Las descubrí en la tienda que la pastelería Larnicol tiene en Pont Aven, un precioso pueblecillo al que fuimos a parar por casualidad, con un río serpenteante donde sus habitantes todavía conservan los lavaderos del siglo XVIII. La maison Larnicol está en el centro del pueblo, y su aroma a mantequilla impregna sus calles. Compré varias kouignettes, así como galletas (ellos las llaman torchettes). Hace poco he descubierto que se pueden hacer pedidos y que es posible traerse un pedacito de la Bretaña a casa. Cualquier día me animo y me compro una cesta.

Maison Larnicol
Tienen tiendas en Nantes, Guérande (precioso pueblecillo medieval, con unas murallas impresionantes, donde viven única y exclusivmente de su famosa sal), Quimper, Locronan (otro pueblo típcamente francés, enteramente de piedra y con aspecto de haberse quedado anclado en el tiempo), Concarneau y Arnay.

viernes 17 de octubre de 2008

Boadas, 75

La coctelería Boadas de Barcelona ha cumplido 75 años, y para celebrarlo el jueves montaron un fiestorro en La Dama, con catering de Paradís, invitados ilustres y sospresa final en forma de 75 torteles que hicieron llorar a Dolors Boadas, hija del fundador de la coctelería y alma mater del local.
Dolors me conoce antes de que yo la conociera a ella, porque casi se diría que me ha visto nacer. Y lo cierto es que "el Boadas" forma parte de mi vida desde que tengo uso de razón: mi padre empezó a frecuentar la coctelería cuando tenía 18 años, y ahora ya pasa de 60, así que echad la cuenta. Cuando era pequeña tomé allí mis primeros cócteles de frutas; ahora que soy mayor me atrevo con otras cosas, aunque el Martini, casi se diría su emblema, no es precisamente el cóctel que más me gusta. Pero el caso es que el Boadas ha sido siempre un lugar imprescindible de encuentro para la gente de Barcelona, para artistas, periodistas, notarios, jueces, políticos, cocineros y gente anónima que saben de la importancia que tiene para una ciudad un sitio como éste. Si Venecia tiene el Harry's Bar y París, pongamos por caso, la Caveau de la Huchette, que no es una coctelería, pero sí un lugar emblemático que ahora me ha venido a la cabeza, pues Barcelona tiene el Boadas.
La fiesta fue todo un lujo de organización impecable, que corrió a cargo del Grup Paradís. Un enorme buffet con crudités, secallona, pan con tomate, huevos de codorniz sobre tosta de sobrasada, picatostes, aceitunas recubiertas de azúcar glas (qué gran idea)... Y, por supuesto, cócteles. Un gin-tonic y un mojito para la señorita, más el cava. Así acabé la noche, claro.


Invitados, muchos. Pude ver a Christian Escribà, Ramon Freixa, Paco Guzmán, todo atareado, y Fina Puigdevall; por supuesto, no faltó el alcalde ni la concejal del distrito Katy Carreras (¿harán algo este par para que el Boadas no desaparezca?), así como abogados y periodistas, asiduos del Boadas desde tiempos inmemoriales.
Después de un rato haciendo cola para conseguir un huevo frito -que no conseguí- volví al punto donde había empezado y me encontré con mi padre hablando con Mediavilla, el currante mayor de Paradís, el que sabe cómo funcionan las cosas y, lo más importante: dónde está la comida. Saludos cordiales, recuerdos -mi hermana trabajó en la empresa y se estrenó con un catering en La Dama, precisamente- y hacia el "backstage", donde nos montaron una mesa con tapitas variadas, empanada de queso y verduras, buñuelos de bacalao, croquetas y cava rosado. Dimos cuenta de todo cuando oímos unos gritos: "Eh! Venid a la mesa!". Dolors Boadas y su marido empezaban a comer en una mesa debajo de una pérgola acompañados de variopintos personajes, entre ellos, Xavier Olivé. "Xavier lleva camino de convertirse en un clásico", dijo Mediavilla, "lleva sonajero de alpaca"...


Tras una charla surrealista en la que se habló, por supuesto, de las elecciones norteamericanas, Dolors y José Luis volvieron a entrar en la carpa para recoger el pastel de cumpleaños: nada más y nada menos que 75 torteles de la pastelería Lys -¡eso mismo, la de los chuchos!-, cada uno con una vela en el centro. Las llamitas resplandecían en la oscuridad, de la que emergieron gritos de "¡feliciddeeees!", flashes y aplausos, mientras Dolors lloraba de emoción, recogía ramos y besos y no acababa de creérselo.
Fue memorable. Ver a esa mujer, historia viva de Barcelona, pequeña, con sus uñas siempre impecables y su sonrisa eterna, entre sus amigos, celebrando 75 años de un barecito pequeño, con paredes recubiertas de espejos y maderas, de donde cualgan carteles, cuadros y recuerdos, fue memorable.
Y la despedida fue extraña. La Dama está en el zoo, y al salir, los avestruces dormían. Pero era todo inquietante, luces fantasmagóricas, jaulas vacías, un silencio raro, las cigüeñas en lo alto de sus nidos, con una pata encogida bajo las plumas; la casa de los gorilas cerrada, los guacamayos callados y las llamas preparando su escupitajo, no les gusta que las molesten de noche, intuí.