La coctelería Boadas de Barcelona ha cumplido 75 años, y para celebrarlo el jueves montaron un fiestorro en La Dama, con catering de Paradís, invitados ilustres y sospresa final en forma de 75 torteles que hicieron llorar a Dolors Boadas, hija del fundador de la coctelería y alma mater del local.
Dolors me conoce antes de que yo la conociera a ella, porque casi se diría que me ha visto nacer. Y lo cierto es que "el Boadas" forma parte de mi vida desde que tengo uso de razón: mi padre empezó a frecuentar la coctelería cuando tenía 18 años, y ahora ya pasa de 60, así que echad la cuenta. Cuando era pequeña tomé allí mis primeros cócteles de frutas; ahora que soy mayor me atrevo con otras cosas, aunque el Martini, casi se diría su emblema, no es precisamente el cóctel que más me gusta. Pero el caso es que el Boadas ha sido siempre un lugar imprescindible de encuentro para la gente de Barcelona, para artistas, periodistas, notarios, jueces, políticos, cocineros y gente anónima que saben de la importancia que tiene para una ciudad un sitio como éste. Si Venecia tiene el Harry's Bar y París, pongamos por caso, la Caveau de la Huchette, que no es una coctelería, pero sí un lugar emblemático que ahora me ha venido a la cabeza, pues Barcelona tiene el Boadas.
La fiesta fue todo un lujo de organización impecable, que corrió a cargo del Grup Paradís. Un enorme buffet con crudités, secallona, pan con tomate, huevos de codorniz sobre tosta de sobrasada, picatostes, aceitunas recubiertas de azúcar glas (qué gran idea)... Y, por supuesto, cócteles. Un gin-tonic y un mojito para la señorita, más el cava. Así acabé la noche, claro.

Invitados, muchos. Pude ver a Christian Escribà, Ramon Freixa, Paco Guzmán, todo atareado, y Fina Puigdevall; por supuesto, no faltó el alcalde ni la concejal del distrito Katy Carreras (¿harán algo este par para que el Boadas no desaparezca?), así como abogados y periodistas, asiduos del Boadas desde tiempos inmemoriales.
Después de un rato haciendo cola para conseguir un huevo frito -que no conseguí- volví al punto donde había empezado y me encontré con mi padre hablando con Mediavilla, el currante mayor de Paradís, el que sabe cómo funcionan las cosas y, lo más importante: dónde está la comida. Saludos cordiales, recuerdos -mi hermana trabajó en la empresa y se estrenó con un catering en La Dama, precisamente- y hacia el "backstage", donde nos montaron una mesa con tapitas variadas, empanada de queso y verduras, buñuelos de bacalao, croquetas y cava rosado. Dimos cuenta de todo cuando oímos unos gritos: "Eh! Venid a la mesa!". Dolors Boadas y su marido empezaban a comer en una mesa debajo de una pérgola acompañados de variopintos personajes, entre ellos,
Xavier Olivé. "Xavier lleva camino de convertirse en un clásico", dijo Mediavilla, "lleva sonajero de alpaca"...

Tras una charla surrealista en la que se habló, por supuesto, de las elecciones norteamericanas, Dolors y José Luis volvieron a entrar en la carpa para recoger el pastel de cumpleaños: nada más y nada menos que 75 torteles de la pastelería Lys -¡eso mismo, la de los chuchos!-, cada uno con una vela en el centro. Las llamitas resplandecían en la oscuridad, de la que emergieron gritos de "¡feliciddeeees!", flashes y aplausos, mientras Dolors lloraba de emoción, recogía ramos y besos y no acababa de creérselo.
Fue memorable. Ver a esa mujer, historia viva de Barcelona, pequeña, con sus uñas siempre impecables y su sonrisa eterna, entre sus amigos, celebrando 75 años de un barecito pequeño, con paredes recubiertas de espejos y maderas, de donde cualgan carteles, cuadros y recuerdos, fue memorable.
Y la despedida fue extraña. La Dama está en el zoo, y al salir, los avestruces dormían. Pero era todo inquietante, luces fantasmagóricas, jaulas vacías, un silencio raro, las cigüeñas en lo alto de sus nidos, con una pata encogida bajo las plumas; la casa de los gorilas cerrada, los guacamayos callados y las llamas preparando su escupitajo, no les gusta que las molesten de noche, intuí.